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Lugares comunes y lugares inéditos del Paisaje Cultural Cafetero

Por Diego Echeverry Rengifo

Profesional en Gestión Cultural y Comunicativa. Productor  y Realizador Audiovisual. Estudiante Maestría en Hábitat,Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales. 

“Pero es preciso admitir que la estructura del paisaje rural es, en general,
relativamente difusa” (Schulz. 1975: 36)

Vale la pena de antemano preguntarse por todo lo que puede expresar un rostro, considerar la mayor cantidad de gestos que lo configuran, las huellas que lo marcan, las ortografías y gramáticas que lo han prescrito y proscrito a un territorio; pero también los gestos inéditos, los tics o los guiños singulares de ese rostro que de pronto se dejan ver, y confirman más bien una inconformidad inmanente e imprevista, un cuerpo y un lugar ajeno al que le han designado, una contorsión y una coreografía diferente, un paisaje en-ajenado de tal o cual plano o de tal o cual sistema de representación o de producción.

Un rostro no es unívoco, sus pliegues y sus arrugas, sus gestos, más allá de su fisionomía o su morfología, de su campo semántico y su significación, lo podemos considerar también como una geografía y una coreografía exuberante y furtiva que nunca termina de hacerse, de planearse, ordenarse, y de encontrarse. Es en este sentido que el rostro es una política, en tanto que esa rostridad como la llaman Deleuze y Guattari (1994: 173-196), es una multiplicidad en permanente desplazamiento y agenciamiento, que es una de la maneras como se deviene clandestino, difer-ente. Si bien un rostro remite a un paisaje, esta remisión no se reduce al orden Juan Valdés-monocultivo cafetero, o viceversa, sino que hay una multiplicidad de relaciones insignificantes que escapan a ese orden o esa estructura, y que se prevén y se recomponen en espacios difusos pero potentes.

Abuelo y Abuela. Libia Candamil y Efrés Antonio Cardona. Aguadas Caldas. Foto: Lina María Sánchez Cardona. 2012.

No basta con que nos pre-ocupemos por el paisaje como un mero territorio, geográfico por ejemplo, con sus redes, sus nodos, sus superficies y sus fronteras, es necesario también que nos ocupemos de sus diversas percepciones y concepciones, sus relaciones inéditas y/o alternativas (ético-estéticas por ejemplo). Su comprensión y su valoración rebasa con creces la concepción y el mismo dispositivo que lo precede, a saber, los paradigmas del crecimiento y la sostenibilidad, puesto que el primero no implica justamente el desarrollo de las comunidades que lo habitan y lo cofabrican, y el segundo, no garantiza la transformación necesaria o inmanente que requieren estas comunidades para su supervivencia y su desarrollo, en su sentido más amplio.  Pero más allá de las percepciones emocionales (a lo cual hemos reducido lo estético del paisaje) y de las concepciones utilitaristas (que han reducido la ética a un problema desarrollista y sostenibilista), la reflexión y la acción desde y en el paisaje debe de redescrubir e inaugurar nuevos estudios desde la complejidad y espesura del concepto de hábitat con todas sus implicaciones e interelaciones  ecosistémicas y culturales.

“El impacto ambiental y las transformaciones ambientales, producidos por nuestras  ciudades y sus formas de planificación urbano-agrarias, no se quedan dentro de las ciudades mismas sino que se extienden de manera rizomática a la región, al país y al mundo. La industria, la cantidad de vehículos, el orden o desorden urbanos, su relación o no equilibrada con lo rural, de la misma manera que el monocultivo del café, la ganadería extensiva, la explotación de minas sin estudios detallados de impacto ambiental, van  lesionando tan radicalmente los ecosistemas y las culturas, que cada vez los problemas ambientales producidos por estos factores son de carácter irreversible” (Noguera. 2002: 19).

Cafetal y Matorral. Vereda La Floresta – Chinchiná Caldas. Foto: Katerine Upegui Sánchez. 2010.

Estas consideraciones nos ubican en otros lugares, ya no estratificados y codificados, por ejemplo desde la ciudades, como esos rostros dominantes que no han hecho más que planear, calcular y explotar el paisaje (en este caso el rural), antes que dialogar con él. Si no pasamos del paradigma del desarrollo que ejerce su poder de dominación desde afuera y de fragmentación desde adentro, no vamos nunca a concebir y practicar un diálogo respetuoso con nuestros paisajes, mucho menos, con lo productores más próximos de esos paisajes. Hay al menos que disponer nuestra escucha a alternativas que emerjan desde el mismo paisaje, y no ya desde nuestros modelos y metodologías (científicas y sociales) que lo único que han logrado es validar y legitimar un paradigma harto insostenible. Es apenas justo aceptar a estas alturas que el paisaje no es homogéneo, y que no basta ya preocuparnos por la manera como nos vamos a insertar dentro de esas lógicas desarrollistas y sostenibilistas, sino ocuparnos en restablecer esa relación  enigmática con la tierra y con los otros, esa trama de la vida de la cual somos apenas uno de sus hilos.

“¿De qué nos ocupamos? De datos numéricos, de ecuaciones, de informes, de textos jurídicos, de noticias impresas o en pantalla: en una palabra, de la lengua. Del lenguajes verdadero en el caso de la ciencia, normativo en el de la administración, sensacionalista en el caso de los medios de comunicación. De vez en cuando, tal experto, climatólogo o físico del globo, parte en expedición para recoger sobre el terreno observaciones, igual que tal reportero o inspector. Pero lo esencial sucede dentro y en palabras, ya nunca fuera con las cosas. Para oírnos mejor o discutir más cómodamente, hemos tapiado incluso las ventanas. Irreprimiblemente, comunicamos. No nos ocupamos más que de nuestras propias redes” (Serres. 1991:53-54) .

Nuestras propias redes que a menudo hemos reducido a una especie de retórica cuyos pretextos hemos encontrado efectivamente en tal o cual teoría de la complejidad. Sin duda muchos de esos presupuestos no han pasado de su mera enunciación o se han agotado en sus pingües significantes, y ello debido a que básicamente derivan de movimientos de subjetivación, que no nos permite devenir  otro (clandestino), cuerpo o paisaje. Ese otro cuerpo o paisaje de labrador de montaña o de recolector de café, es el que permanece desconocido para nosotros  y que es a quien deberíamos escuchar y ver, pero no ya su sola cabeza, sino sus pies, sus manos, tan ajenos a nosotros y tan cercanos a su tierra. Aunque, en realidad, es en sus surcos, en sus cultivos, o dicho de otra manera, en esas huellas que las colectividades humanas inscribe y marcan en la tierra lo que no s informa a cerca de sus hábitos y de sus maneras de habitar, de su cultura. La tierra, sus hábitos de millones de años, su lengua deslenguada, ético-estéticamente no reducida a las cribas de los expertos de la tierra, nos extraña y nos interpela, desde sus lugares desconocidos y su tiempo remoto.

“La Geo-grafía es escritura de la tierra. Hablar de una “escritura de la tierra”, significa que la tierra misma, ella, escribe y describe deslenguada su lengua; su lenguaje es el paisaje; sus letras los muebles e inmuebles que decoran y constituyen el espacio: montañas sobre una meseta, zapatos sobre una mesa, hilos en un microscopio. La tierra se (d)escribe a sí misma en sus pliegues y repliegues. ¿Se puede leer el paisaje, descifrar sus letras? (Pardo. 1991: 61).

Tumbado en la tierra, con su oído pegado a la superficie, esperaba escuchar un terremoto venir de lo más profundo, pero no escuchó nada ni vio nada, sólo su respiración, y el suave aire que pasaba. La tierra profunda, la natal, la mítica, no habla sólo en lengua ecológica o económica; antes que hablar en lenguaje matemático habla una lengua deslenguada, una lengua exuberante y pródiga, que pese al ordenamiento y estratificación que la civilización le impone (con sus escrituras), es ella el fundamento y la fundadora de una comunicación que no comprenden técnicos, comerciantes y/o turistas, pero sí sus habitantes y campesinos.

BIBLIOGRAFÍA

Schulz, Christian Norberg. Existencia, Espacio y Arquitectura. Editorial Blume. España. 1975. Página 36.
Deleuze y Guattari. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Editorial Pretextos. Valencia. 1994. Página 173-196.
Noguera, Patricia. Complejidad, rizoma y magma: tres elmentos claves en la construcción de modelos de investigación ambiental rur-urbana-agraria. Gestión y Ambiente. Universidad Nacional de Colombia. Instituto de estudios Ambinetales. Volumen 5 No 1. Agosto de 2002. Medellín Colombia.
Serres, Michel. El contrato natural. Editorial Pretextos. España. 1991. Página 53-54. 
Pardo, José Luis. Sobre los espacios pintar, escribir, pensar. Ediciones del Serbal. España. 1991. Página. 61.

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