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SUEÑO CON UNA CIUDAD Y UN CENTRO HISTÓRICO REVITALIZADOS ORGULLO DE TODOS LOS MANIZALEÑOS Y EJEMPLO DE CALIDAD DE VIDA PARA COLOMBIA Y EL MUNDO

Este imaginario no ha estado acompañado de estudios y mucho menos de una visión sistémica e integral. Lo cierto del caso, es que la movilidad vehicular, especialmente de los autos privados es por desgracia la heroína en Manizales, a quien se le debe rendir pleitesía y admiración. Se busca que los carros puedan llegar hasta los lugares más inhóspitos, de ser posible parquear al frente del almacén o de la tienda. Se le abren nuevos espacios públicos para que descansen y se construyen nuevas vías y túneles para que circulen. Cualquier antejardín es susceptible de convertirse en parqueadero gratuito y la autoridad está dispuesta a perdonar toda infracción con tal de no debilitar el usufructo del espacio público por parte de estas máquinas en detrimento de los ciudadanos. Si es necesario expropiar a pequeños propietarios para construir nuevas avenidas, se hace, no importa si con ello se desarraigan o se expulsan familias enteras a las periferias hacinadas. De esta manera los gobernantes piensan que la ciudad “progresa” y se vuelve atractiva y competitiva a los ojos de los visitantes, principalmente extranjeros.

Bajo esta lógica, el centro histórico se llena cada vez más de vías y de vehículos, pero pierde paulatinamente su riqueza cultural e histórica; los escasos espacios públicos y las casas deterioradas se convierten en parqueaderos mal diseñados y concebidos. La calle se volvió un excelente negocio, dicen algunos, susceptible de vender o alquilar por metro cuadrado. Entre tanto, los policías vigilan las mercancías privadas pero ignoran la protección al buen uso del espacio público. En época de ferias, todos se sienten con el derecho de apropiarse del espacio público, y en no pocas oportunidades la administración concesiona las aceras a quienes comercian con la venta de licores, convirtiendo la ciudad en una cantina con derecho a música de altos decibeles en cada esquina.

En ferias, dicen, Manizales es una fiesta; los ciudadanos pierden su condición y se convierten en consumidores. Poco a poco el consumo invade la vida cotidiana y expulsa lo público del espacio citadino. Por eso muchos de sus nativos prefieren huir de la ciudad en esas festividades que en vez de dejar cultura agreden la convivencia, atraen la delincuencia y le producen a la ciudad la resaca de una semana de excesos etílicos y maltratos a algunos animales. Todo ello impulsado y patrocinado por quienes deberían ser los adalides de la cultura, la civilidad y el buen vivir.

Yo quiero soñar con otro centro histórico y por supuesto con otra ciudad. Quiero imaginar una ciudad lenta, diseñada para los peatones, porque Manizales se puede recorrer a pie sin ningún problema como lo hacen centenares de estudiantes que no tienen para pagar el transporte público. ¿Si las estadísticas demuestran que la ciudad no crece en población, por qué tiene que expandirse en suelo? Bastaría con elevar la calidad de vida de sus habitantes con trabajos estables y dignos; revitalizar los barrios mejorando la calidad de las viviendas o re-densificando moderadamente en algunos sectores; construir sistemas de espacios públicos que articulen las comunas, recuperen las quebradas y doten a los eco-parques de los equipamientos necesarios para que sean masivamente usados y vividos.

La cuenca del río Chinchiná debería ser el gran proyecto de integración subregional porque es la máxima expresión de la feminidad, proveedora de vida, oxígeno y de numerosas fuentes de agua que alimentan a todos los seres vivos dentro de su ecosistema. Un sistema asociativo pluricéntrico que aproveche complementariamente las ventajas comparativas de cada uno de los municipios que integran la Cuenca, es el mejor escenario para avanzar en equidad y en oportunidades para todos sus habitantes.

La recuperación, utilización y optimización del agua que brota de las montañas debería ser el gran reto del espacio público en Manizales. Ella debería circular libremente por los parques, regar los jardines, servir de abrevadero de las decenas de pájaros que aún conviven con la vida citadina, calmar la sed de los deportistas y de las mascotas que salen a pasear los fines de semana. Y obviamente, surtir del preciado líquido a los más pobres, a quienes no tienen cómo pagar una factura de una empresa de acueducto cada vez más deshumanizada y mercantilizada, tal y como quedó evidenciado en la pasada ola invernal del año 2012 y la escases del agua por más de 20 días, pese a publicitarse como la “capital mundial del agua”.

Imagino un sistema de movilidad lento, aunque no por ello ineficiente. Un tranvía, de esos de última tecnología, atravesando la ciudad por el lomo de la montaña que facilitó la expansión de la ciudad en sentido occidente-oriente, desde el parque Olaya Herrera hasta el Batallón Ayacucho. Al pasar por el centro, tomaría la carrera 22 para permitir la peatonalización definitiva de la carrera 23. Transversalmente, los Cables Aéreos pensados sistémicamente comunicando la ciudad de sur a norte y complementados con escaleras eléctricas y ascensores urbanos para facilitar la circulación de los ancianos, las personas en situación de discapacidad y las mujeres embarazadas, entre otros. Las busetas circularían por las avenidas Paralela y Kevin Ángel, atravesarían la carrera 23 en dirección a los barrios y complementarían el Sistema Integrado de Transporte.

Imagino un centro para caminar y circular, un centro para vivir plácidamente, sin la amenaza constante de los vehículos privados, atosigando. Ellos parquearán en las periferias del centro tradicional en edificios que tendrán por función recibirlos amablemente, en condiciones apropiadas. El centro histórico se merece no solo la peatonalización de la carrera 23 como su calle más referencial y emblemática. La retícula ortogonal del centro tradicional de pequeñas manzanas de 60×60 metros aproximadamente, permite pensar en intercalar la peatonalización de algunas de sus calles conforme a algunos usos ya existentes y otros que podrían venir: la calle del tango de tanta recordación; la calle de los cafés al lado de la plaza de Bolívar y más abajo, la calle de las frutas para conectar organizadamente la Plaza de Bolívar con la plaza de Mercado, recuperada como un gran “cluster” de distribución y procesamiento de alimentos, epicentro de la política de seguridad alimentaria del municipio; la calle del teatro para los grupos locales que carecen de salas dignas, pese a tener Festival Internacional de Teatro y un programa de formación para las artes escénicas; la calle de las librerías, porque una ciudad que se precia de ser culta –no necesariamente del conocimiento- las librerías, junto con las bibliotecas, deberían funcionar 24 horas. Pero en Manizales se cierran porque no pueden competir con los bares, los casinos o los centros comerciales.

Sueño con una ciudad que aplique los instrumentos de financiación y gestión del desarrollo urbano para obtener recursos económicos que permitan recuperar y sostener el patrimonio histórico, los espacios públicos de calidad, los colegios y equipamientos. Una ciudad bien planeada y con una política de distribución equitativa de los costos y beneficios en los desarrollos inmobiliarios, es una ciudad con recursos constantes para invertir en la calidad de vida, el ambiente y los espacios públicos.

En fin, un centro para todos, una ciudad también pluricéntrica pensada para hombres y mujeres, pues como bien lo decía un adulto mayor en un foro reciente sobre la carrera 23, los hombres y las mujeres usan de manera diferenciada el centro y la ciudad. Los hombres son más lineales y estacionarios, las mujeres más circulares y móviles. La perspectiva de género en el ordenamiento territorial es ya un imperativo como expresión de la democratización de la sociedad, el multiculturalismo y el reconocimiento de la diversidad.

Ese plácido sueño, algún día, sustituirá las pesadillas que hoy me atormentan ante la insensatez de los gobernantes y sus ferias inmobiliarias.

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