Caleidoscopios Urbanos

El Cable Aéreo y la anticiudad.

Espacio público en la estación Santo Domingo, uno de los barrios más pobres de la ladera noroccidental de Medellín.

Acceso a la Estación del Cable Aéreo del centro de Manizales.
Tratamiento de exteriores del cable aéreo en la estación del centro de Manizales.

Por: Luis Fdo. Acebedo R.

Desde noviembre del año pasado se encuentra en funcionamiento el cable aéreo en la ciudad de Manizales. Se trazó como una línea recta que une la nueva terminal de transportes, localizada en el sector de Los Cámbulos, con el centro de la ciudad, incluyendo una estación intermedia en el sector residencial de La Fuente. Tiene una extensión de 2,1 kilómetros aproximadamente, y comenzó moviendo 42 góndolas con una capacidad de 1.530 pasajeros por hora. Fue prevista inicialmente como una alternativa turística, aunque muy pronto comenzó a discutirse la necesidad de su ampliación como parte del sistema integrado de transporte, incorporando al municipio de Villamaría, vecino de la ciudad, desde donde se movilizan más de 10 mil personas cada día al centro de Manizales. También se tiene previsto conectarlo con el futuro aeropuerto en el municipio de Palestina.

El cable aéreo es una respuesta tecnológica e inteligente a las difíciles condiciones topográficas de la ciudad que han dificultado la movilidad de las personas. Los buses y busetas tradicionales se tornan menos eficientes y altamente contaminantes en algunas zonas de alta pendiente. En el futuro mediato el sistema de cable aéreo se convertirá, muy seguramente, en un instrumento fundamental para la movilidad metropolitana de la subregión centro-sur del departamento de Caldas, aunque los gobernantes de los municipios comprometidos sigan haciéndose los de la vista gorda para avanzar en procesos de planeación y gestión integral de ese territorio.

Medellín dio el primer paso en la adopción de este sistema de transporte, para interconectar los barrios populares de las laderas oriental y occidental de la ciudad con las principales líneas del metro que circulan raudos por el valle, paralelo al río Medellín en sentido norte-sur o atravesando la ciudad en dirección oriente-occidente. Otras ciudades de ladera, incluso Caracas, ya lo han adoptado como instrumento para conectar barrios de difícil acceso terrestre.

El cable aéreo en Medellín sirvió para desarrollar importantes obras de renovación urbana en la comuna nororiental y mejorar las condiciones y calidades del espacio público en los alrededores de las estaciones. De igual manera, contribuyó a dinamizar la actividad económica de los barrios beneficiados con su presencia. Todo esto se fue dando poco a poco, pero a través de procesos de ordenamiento territorial y operaciones urbanísticas planeadas para lograr un mejoramiento significativo de la calidad de vida y del espacio público que hoy es orgullo de todos sus habitantes, pero especialmente de aquellos que habían perdido las esperanzas de que el Estado llegara a las puertas de su casa en los confines de la ciudad.

A mediados del mes de enero decidí montar en el cable aéreo de Manizales, para percibir la ciudad desde las alturas, recorrer sus estaciones, compartir opiniones con los demás usuarios, observar sus impactos sobre el entorno. Definitivamente es una opción de transporte que la ciudad debe ir ampliando paulatinamente. Comencé a soñar en algunas posibilidades de expansión del sistema. Qué tal, por ejemplo, una línea recta que atraviese la ciudad en sentido norte sur, desde Los Cámbulos hasta Bosques del Norte, pasando por Camilo Torres, Persia, La Arboleda, Versalles, La Asunción y Comuneros?. Integraría un significativo número de barrios, tal vez los más populosos, y algunas centralidades importantes como Versalles y Asunción. Implicaría todo un ejercicio de planeación y una gran oportunidad para armar un verdadero sistema de espacios públicos articulados a las estaciones del cable. Facilitaría procesos de renovación urbana para construir senderos peatonales amplios sobre barrios con amplio déficit de espacio público, y por qué no, una que otra escalera eléctrica a espacio abierto en algunos puntos críticos de fuerte pendiente para facilitar la llegada de los pasajeros a las estaciones (…).

Después de algunos minutos en los que perdí la noción del tiempo echando globos al aire, imaginando la ciudad futura, regresé abruptamente a la estación del centro. El paseo en cable aéreo me dejó muchas preguntas e inquietudes. ¿Por qué en Manizales no es posible aprovechar la construcción de este macroproyecto para intervenir el espacio público sobre las áreas aferentes?. Pero lo que más me sorprendió definitivamente fueron las estaciones del centro y La Fuente. Parecen ser la expresión consolidada de la anticiudad, de la negación del urbanismo, de la ignorancia del espacio público, de su función y significado.

En la estación del centro, el municipio decidió tumbar toda una manzana de las edificaciones históricas de la llamada Arquitectura Republicana para construir una estación moderna del cable, pero con una sola fachada hacia la carrera 23. El resto del predio se deja como en una especie de lote de engorde, recubierto con prado y encerrado por sus tres costados con una malla metálica. No parece una medida coyuntural, previendo una “segunda etapa” como ya nos han estado acostumbrando con otras obras de importancia para la ciudad, alguna de las cuales ya se ha inaugurado dos veces sin que lleguen las soluciones definitivas.

La fachada principal también tiene unas pequeñas e inútiles zonas verdes en sus costados que nada le aportan al contexto altamente consolidado, pero en cambio, contribuyen a enlodar los alrededores porque los flujos peatonales pasan por encima destruyendo la grama y reclamando, como debe ser, espacios más amplios y libres de obstáculos para acceder o salir de la estación.

Yo propongo que las escuelas de arquitectura y urbanismo de la ciudad asuman este caso como un ejercicio de diseño urbano de alguno de los semestres de la carrera y le donen a la administración municipal un proyecto que resuelva apropiadamente la utilización de los inmensos espacios negados a la ciudad, tratados como patio trasero de la estación del cable, en pleno centro de la ciudad. Y junto con una movilización ciudadana por el derecho a la ciudad podamos demostrarle a la administración municipal que el espacio público es parte constitutivo de la arquitectura y de las obras públicas. No son accesorios ni tratamientos estéticos, superfluos o de imagen. Son, esencialmente, una necesidad de la vida urbana contemporánea que provee cultura y conocimiento a los ciudadanos.

¿O acaso, esto es precisamente lo que quieren evitar?.

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